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Las nieves del Kilimanjaro (Ernest Hemingway)

Uno se acerca a Hemingway animado siempre por la leyenda que rodeó a su persona. La imagen de aventurero, vividor y mujeriego, han sido las señas que han perdurado en nuestro imaginario. Por ello es tan difícil disfrutar de sus libros. Uno espera novelas que igualen su figura. Queremos leer aquello que imaginamos del periodista americano que sedujo a las más bellas actrices y fue amigo de toreros.
Sin embargo, sus novelas son relatos sobre sentimientos que, a menudo, llegan de la mano de la decadencia y la ruina. El viejo y el mar trata sobre la soledad y la vejez, por poner el ejemplo de una novela de la cual ya os hemos hablado. Y lo mismo ocurre en el pequeño relato que hoy nos ocupa. Una historia sobre la inminencia de la muerte y las oportunidades perdidas. Hay poco heroismo en ello. Pero hay belleza en cómo lo trata el autor. Sus reflexiones, las palabras que nos llegan, son de una profundidad inmensa, propias de quién ha vivido al máximo, aún sufriendo.
Tiene Hemingway, además, una característica notable en su forma de escribir. Me refiero a los que los expertos han llamado La teoría del Iceberg. Esta forma de escribir consiste en plasmar, únicamente, una pequeña porción de los hechos. El resto, lo que permanece oculto, está insinuado. Ha de ser el lector quién lo busque e identifique.
Por ello, el relato de hoy debería ser leído varias veces. Es necesario para extraer todo lo que nos ofrece.
Nada de lo que he dicho debe apartar al lector de su intención de leer al gran maestro. Justo al contrario. Solo quería advertir de la belleza íntima que hay en sus libros, muy alejada de esa leyenda que nos legó.
Estoy convencido que este pequeño relato es ideal para conocerlo. Es corto, conciso y tiene muchas de las virtudes del ganador del Premio Nobel.

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Ocho escenas de Tokio (Osamu Dazai)

Osamu Dazai es uno de esos escritores que se suelen etiquetar como malditos. Su vida y , sobre todo, su final, son argumentos suficientes para engrosar la larga lista de autores atormentados.
Su fama ha ido creciendo década tras década fuera de su Japón natal. En nuestro país, las cuidadas ediciones que se han hecho sobre sus libros han servido para afianzarle como uno de los grandes de la literatura oriental.
Narrador extraordinario, su producción destaca por su amor hacia los cuentos. Fue en ese género donde podremos encontrar lo mejor de su obra.
Y este es el caso de hoy. Una pequeña recopilación de narraciones muy cortas, donde el protagonista es él mismo. Ocho historias que nos trazan el camino hacia los infiernos que recorrió Dazai. Una espiral de destrucción y desidia, con épocas de absoluto abandono, que forjaron la leyenda de escritor de culto e  imposible de controlar para sus editores.
Quiénes abran cualquiera de las páginas de este recopilatorio, se va a encontrar con un ser humano atormentado, sin ganas de luchar ni fuerzas para enderezar su destino. Fue la literatura lo que lo mantuvo más tiempo vivo. Se nota su desesperación, su prosa simple, desbordante de tristeza. Lo de menos es la historia que nos cuenta. Con Ocho escenas de Tokio lo que tenemos es un retrato psicólogico del autor. Un bellísimo diario de su devenir terrenal. Bello, si, pero terrible. Advierto al lector que no hay escenas terribles. Lo realmente espantoso es el ambiente que sus palabras forman a nuestro alrededor. Hay una niebla que nos va envolviendo en la locura que vivió.
Después de terminar la última escena, mi mente se debatía entre seguir ahondando en Dazai o desterrarlo oara siempre, pues el desasosiego que me produjo fue muy grande.
Me imagino que, pasado un tiempo, retorne con fuerza la primera idea. Y seguro que os la contaremos aquí.

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Las maquinarias de la alegría (Ray Bradbury)

Este mes de septiembre hemos leído este libro de relatos de Bradbury. Después de haber leído Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, no dudé, en ningún momento de que se trataba de un libro de ciencia ficción. Pronto nos dimos cuenta, sin embargo, de que es un libro que aúna relatos de todo tipo. La mayoría bastante imaginativos, es cierto, pero no todos de ciencia ficción y alguno incluso podría considerarse realista.

Durante estas semanas, como siempre, hemos compartido impresiones sobre la lectura en la Comunidad de El sitio de mi recreo de Twitter y me he pasado un par de veces por aquí para contarlo. Por si no lo habéis leído, os dejo por aquí los enlaces:

Y el pasado domingo, como todos los meses desde hace ya un año, nos reunimos virtualmente los miembros del club para comentar qué nos había parecido el libro. No hubo medias tintas. A muchos nos había gustado mucho, una vez superado el desconcierto inicial que producen los cuentos (o precisamente por ello); a otros no les había gustado nada, hasta el punto de que no habían podido acabarlo.

Dividimos los cuentos en tres grupos. El primero de ellos se caracterizaba por ser relatos de especial belleza, aunque no todo el mundo estaría de acuerdo con que <<bello>> fuera la palabra adecuada. Son cuentos redondos, muy visuales, con ritmo. No obstante, como algunos llevan cierta denuncia social y tocan temas complicados sin filtro, como la muerte o la soledad, es cierto que su belleza puede ser poco convencional.

El segundo grupo de cuentos son aquellos que nos dejaron pensando. En ocasiones, según una de nuestras compañeras, el modo en el que se plantean los temas es demasiado directo, con un toque de <<libro de autoayuda>> que no acaba de convencer. Otras veces es algo más sutil y profundo a la vez, permitiendo al lector que piense libremente sobre un determinado tema.

Por último, el tercer grupo lo engrosaban cuentos que no nos habían acabado de encajar. Hubo quien llegó a dudar de que realmente fueran del propio Brandbury, pues no tenían los ingredientes que solemos encontrar en sus creaciones.

Las dos horas del encuentro pasaron como siempre, entre risas, descubrimientos y momentos de reflexión. Estuvimos todos de acuerdo en que Bradbury es, ante todo, un espíritu creativo, que juega con nosotros, que esconde un gran sentido del humor y que no se le puede interpretar demasiado en serio ni demasiado literalmente. Para poder disfrutarlo tienes que partir de ahí y, simplemente, dejarte llevar.

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Imperio (Valerio Massimo Manfredi)

Es uno de los autores con los que inicié mi afición por la novela historica. Creador de la trilogía de Alejandro Magno, La legión perdida y un largo etcétera, cada lanzamiento suyo es un acontecimiento mundial. Si consultan listas de los mejores escritores especialistas en el área, su nombre siempre es uno de los presentes. Palabras mayores.
Sus novelas siempre han tenido un componente de intriga y misterio, que se complementan perfectamente con la historia y su fidelidad. Arqueólogo de profesión siempre ha defendido la literatura como medio para amar el mundo clásico.
Con la exigencia de ser esclavo de sus palabras ( si una novela no te engancha en las primeras cinco páginas, déjala) en el año 2004 publicó una serie de relatos relacionados con su pasión, la historia, y su profesión, la arqueología.
Relatos tan variados como el amor maduro de un Miguel Angel más humano que nunca, o la trama de contrabando internacional con una eapada de oro de fondo. En total 11 relatos independientes y, me temo , dispares en su interés. Para mí, opinión sin mucho peso, los relatos contemporáneos sobre arqueólogia y excavaciones superan en mucho a los que narran episodios muy concretos de la historia. Un diálogo entre Anibal y Escipión puede que tuviera interés, sin embargo el intercambio de ideas tiene más que ver con un análisis a posteriori de la historia que con un encuentro ficticio para contraponer sus visiones e ideas.
Más allá de una opinión particular, el libro tiene mas que ver con un ejercicio de estilo, pues en muchas de sus páginas cuesta reconocer el estilo directo del autor.
A pesar de esta pequeña objeción, el conjunto de relatos merece la pena. Siempre es instructivo acercarse a la mirada experta de Manfredi. Su experiencia como arqueólogo y narrador consigue que las historias se lean de forma muy fácil.
Un buen aperitivo antes de adentrarse en otras obras del autor mucho más ambiciosas.

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Cuentos de Bloomsbury (Ana María Navales)

Cuando hace treinta años me asomé al universo que crean estos cuentos de Ana Maria Navales todavía no conocía a Virginia Wolf, ni siquiera intuía de qué estaba hablando la escritora española. No pude recorrer el camino completo, no entendí los guiños, el homenaje. Pero no importó. A pesar de todo, supe reconocer que se me abría un mundo distinto y nuevo y me dejé arrastrar por él.

Los personajes de estos relatos son fundamentalmente artistas o personas que se rodean del mundo de la cultura y las artes. Gente excéntrica, cuyas preocupaciones nunca eran las mismas que las de las personas que me rodeaban a mis 19 años. De sus vidas emanaba una libertad que me embriagaba.

Los temas que recorren estos relatos no son distintos a los que había leído hasta entonces: el amor, la muerte, la locura eran viejos conocidos. Yo ya había leído a Lorca. Pero el modo en el que se tratan aquí era nuevo para mí. Quizá fuera la presencia constante de una voz femenina a la que no estaba acostumbrada, o la ausencia de filtros o metáforas. No sé. Pero treinta años después, cuando veo el libro en la estantería, me vienen a mi recuerdo destellos de un viaje que para mí fue iniciático.

Quizá sea por eso que no me atrevería con una relectura.

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Partes de guerra (Ignacio Martínez de Pisón -ed-)

Es un libro muy duro de leer. Pero es necesario conocer la realidad. Una guerra civil es una lacra. Y en los momentos sociales que estamos viviendo, es más necesario que nunca ser conscientes del horror que se vivió durante tres años.
Esta recopilación, por un lado nos muestra la dureza de una guerra. No hay heroismo en sus páginas. No hay espacio para batallas con nobles duelos entre campeones. Ni tan siquiera para defender el honor marchito, por malusado, del concepto patria. En absoluto. Lo que hay es miseria.
Pero hay un lado aún más oscuro. Sus relatos nos dejan un país lleno de odio, venganza y traición.
Casi al final del último relato, unas páginas que son imposibles de leer sin que el estómago se encoja, el protagonista reprende a un joven de 16 años. ¿La razón?: el joven argumenta que hizo lo que hizo porque este país y sus gentes son así, violentos. -Porque si no mato yo, me mataran a mí-. El protagonista, con un tono triste de resignación le contesta que esa frase esconde siglos de arbitrariedades y muerte. Que decir que uno no hace más que aquello que ve, no es más que echar balones fuera e intentar limpiar la conciencia en el anonimato de la multitud.
Con la selección que Martinez de Pisón realiza sobre relatos de la guerra civil, se  nos muestra un país roto, sin ninguna intención de vivir en armonía. Lo que nos queda al final de sus páginas no es sino la certeza de que el odio se instaló en la sociedad. Y que sigue creciendo hoy en día, por desgracia.
Hay otra cosa que queda muy clara en cada capítulo. Algo que sobrevuela párrafos y diálogos: muy pocos lucharon por defender sus ideas. Algunos hubo, desde luego. Personas que dieron su vida por defender la democracia. Pero el pueblo luchó porque no les quedó más remedio. Matar o morir. La mayoría aspiraba a sobrevivir y volver a una vida arrancada de cuajo. Cuando pensamos en todos los que debieron huir, la generación que se perdió y las familias que se dispersaron y fueron masacradas, no puedo disimular mi asco hacia quienes proclaman el honor de una guerra y la defensa de unos ideales a través de la sangre.
De algo nos deberia servir recopilaciones como las atesoradas en este volumen. Deberíamos ser capaces de reflexionar sobre la necesidad de negociar, de buscar espacios de diálogo y ,por encima de todo, de respetar la vida humana. Ninguna idea política vale la muerte de una persona.
Pero como alguien dijo una vez: el ser humano no aprende de sus errores. Y es testigo de esa maldición la historia, pues  comprobamos que es cíclica.
Libros como este son necesarios, historias como las narradas pueden ayudar a cimentar un espíritu crítico, donde la vida prevalezca, donde podamos construir una sociedad desde el respeto, no desde la guerra y la sangre.
Disculpad que hoy no hablara mucho del libro. Solo diré una última cosa sobre él: leedlo. Leedlo para que jamás se vuelva a repetir.

Espero que lo consigamos.

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Primera semana de lectura de Las maquinarias de la alegría

7 de septiembre y ya llevamos 7 relatos del libro de Bradbury. En principio tengo que admitir que no está resultando ser lo que esperábamos. Como decía uno de los compañeros, lo de la alegría se ha quedado en el título. Pero eso no significa que no me guste. Algunos de los cuentos, de hecho, me han gustado mucho.

Como suele ser habitual en los libros de relatos, en este nos encontramos un poco de todo. Desde algunos que si yo fuera la editora habría descartado en la selección, hasta otros que me parecen verdaderas perlas a la altura de mis mejores lecturas de ciencia ficción. Ejemplo del primer tipo es el cuento que da inicio (y título) al libro, aunque es posible que el problema sea mío, que me falta información sobre el contexto. Ejemplo del segundo tipo es el segundo, que me transportó nada más y nada menos que al centro de Solaris. Ahí es nada.

Es difícil encontrar características comunes en todos estos relatos. No comparten tema, ni contexto. Ni siquiera todos los relatos son de ciencia ficción, pese a lo que pensábamos. Algunos son dolorosamente realistas, como el tambor de Shiloh. Otros son simplemente ingeniosos, como Tyrannosaurus Rex. Aunque, a pesar de toda esa variedad interna, hay algo que, al menos en estos 7 primeros relatos se mantiene: la sensación de estupor que nos confunde hasta bien entrado el cuento, una prosa maravillosa, surrealista, impactante y la necesidad de volver atrás una vez que consigues entender qué está pasando.

Si os gusta la ficción más creativa, entrad en el universo Bradbury y dejaos llevar. Algunos destinos son más increíbles y otros menos pero el viaje merece la pena en todos.

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La tia Mame (Patrick Dennis)

Ha llegado el momento de replantearme ciertas cosas que daba por sentadas desde hace años. Una de ellas, y se empieza a convertir en urgente, es mi afición por las lecturas de comedia. Soy (espero que siga siendo) un gran fan de Tom Sharpe y su saga de Wilt. Pero los leí hace ya muchos años y empiezo a temer  que no soportarían una segunda lectura. Todo esto viene a cuento de mis últimos acercamientos a la literatura de humor. Hace un tiempo lo intenté con el gran Roald Dahl y El tio Oswald. Y aunque la calidad de Dahl es impresionante, no terminé de disfrutar de su propuesta. Ayer acabé La tia Mame, de Patrick Dennis. Su final es ligero y ameno pero no hizo surgir las sonrisas que me habian vaticinado desde las numerosisimas reseñas que encontré y que hicieron me decidieran por empezarla.
La tia Mame son una sucesión de pequeños relatos, donde el protagonista, curiosamente llamado igual que el autor, narra su historia a partir de quedar huérfano y comenzar a convivir con su excéntrica tia Mame. Ella es la verdadera protagonista del libro. Su excelsa personalidad y su curiosa forma de afrontar la realidad se convierte en el eje de todas las historias, dejando al narrador, su sobrino, como sufridor de las ocurrencias de tan peculiar personaje.
Hay relatos que son más redondos que otros. Quizá el principio, con unas propuestas argumentales más forzadas, se atragantan algo, pero remonta y consigue que, sin caer en la hilaridad, su lectura sea muy agradable.
Hay cierto acercamiento al libreto teatral, pues en mi cabeza conseguía componer escenas que funcionarían muy bien. Sus gags y ocurrencias vieron varias adaptaciónes de televisión y cine, con un gran éxito.
Y hablando de éxito, fue toda una sorpresa descubrir a Patrick Dennis. Un autor que gozó en los años 50 de una grandisima popularidad. La tia Mame se mantuvo ¡112 semanas! en la lista de los más vendidos del New York Times. Y consiguió colocar tres libros suyos al mismo tiempo entre los más vendidos. Todo un récord. Por desgracia, su estrella se apagó en los años 70 y cayó en un olvido que, esperemos, consigamos enmendar.
A pesar de mi pequeña decepción, volveré a este autor y alguna de esas novelas que lo catapultaron a la fama. Os seguiré contando.

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Diáspora (Isabel Gutiérrez Cía)

Creo que ya he dicho por aquí alguna vez la debilidad que tengo con los cuentos. Imagino que es porque te dan la excusa perfecta para seguir soñando y desarrollando a unos personajes y unas historias que a penas son bocetos en el relato. Y eso te permite crear y crecer. Ahora bien, tengo dos limitaciones. La primera es que necesito saber o al menos sospechar qué me quiere decir el autor o la autora con lo que cuenta. No soporto esas descripciones detalladas de una escena que no te llevan a ninguna parte. La segunda es que tengo que tomarme mi tiempo. No más de dos o tres cuentos seguidos o se pierde la magia.

Diáspora llegó a casa en junio, en plena feria del libro, pero lo he terminado de leer esta mañana. Me ha acompañado durante más de un mes, porque me lo he leído a sorbitos, disfrutando cada historia, releyendo a veces fragmentos y pensando sobre ellos en mis ratos tontos. Ha sido un viaje a la España vaciada, al Teruel profundo que ve perder población desde hace casi cien años.

Los relatos de este libro hablan de un asunto muy concreto (la vida de los habitantes de los pueblos de Teruel desde finales de los años treinta hasta nuestros días), pero, como  ocurre siempre en la buena literatura, de algún modo nos está hablando de temas universales, que trascienden con mucho el contexto de la obra. Los recortes en sanidad, la venganza, el rencor, el miedo al qué dirán, la soledad, la corrupción, la guerra, el amor, la ambición desmedida, el destino… Isabel cuenta historias que nos hacen pensar; relatos para saborear, para releer, para hacerles un hueco en la mesilla.

Es la primera obra de la autora, pero espero que no sea la última. Escribe bien y es valiente. Juega con las técnicas narrativas, coquetea con el discurso libre, cambia de narrador sin aviso previo, se divierte con los nombres, juega con el tiempo, confundiendo futuro, presente y pasado, nos prepara trampas y nos sorprende. Pero, por encima de todo, hay una característica que yo resaltaría en Diáspora y es que está escrita desde la verdad. Isabel no finge lo que no es y creo que esa es la clave para conseguir lo que consigue: historias reales con unos personajes llenos de vida en los que podemos reconocernos.

Seguiremos atentos a esta nueva autora que creemos que tiene mucho que ofrecer.

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Cuentos (Augusto Monterroso)

Un libro diminuto, lleno de cuentos minúsculos nos ha mantenido ocupados a los miembros del club un mes entero y la reunión de ayer, que volvió a durar más de dos horas, podría haberse extendido hasta bien entrada la noche. Y es que Monterroso provoca más que escribe y hace cierto el dicho de que un libro lo comienza el escritor y lo culmina el lector.

En entradas anteriores os fui dando cuenta de lo mucho que me estaba gustando este autor. Si os lo perdisteis, os dejo por aquí el comentario de las dos primeras semanas:

https://elsitiodemirecreozaragoza.wordpress.com/2022/06/08/primera-semana-leyendo-a-monterroso/

https://elsitiodemirecreozaragoza.wordpress.com/2022/06/15/segunda-semana-de-lectura-de-monterroso/

El propósito de la entrada de hoy es hablaros del encuentro que tuvimos ayer en el club de lectura. Nos reunimos 12 personas y 8 de ellas le dimos más de un 4 sobre 5. Estábamos totalmente entregados a la pluma de Monterroso y, sobre todo, a su acidez y su clarividencia. Los otros 4 no acabaron de conectar con él. Reconocían que escribe muy bien, pero no les llegó. Una vez más demostramos la diversidad tan grande que hay en el grupo. Como sabéis, lejos de ser un problema es una fuente constante de riqueza. Hay tantos puntos de vista como componentes del club y escucharlos todos, con cariño, con respeto, con humor, nos hace crecer como personas y como grupo. Intentaré resumir las ideas principales que salieron anoche.

Desde un punto de vista formal, el lector que se acerque a Monterroso se va a encontrar a un autor que está experimentando. Con un estilo expresionista, trata de innovar, superando los géneros existentes y jugando constantemente con el lector. Las lecturas son múltiples, hasta el punto de que nunca estás completamente segura de lo que te está contando. La ironía y la metáfora son dos herramientas que maneja con soltura y que convierten al relato en un verdadero juego de sombras.

De lo que más habla Monterroso en sus cuentos es de la naturaleza humana y sus relaciones. Con la precisión de un cirujano va poniendo sobre la mesa de operaciones todos los defectos que intentamos disimular: nuestros miedos, celos, pereza, rencor… tal vez sea un pesimista a quien no le gusta la gente, tal vez sea simplemente una persona realista que nos ve tal y como somos. Sea como fuere, nos desnuda y nos obliga a enfrentarnos al espejo. Nos enfrenta a nuestras relaciones (tóxicas o simplemente incómodas) e incluso a nuestros intentos de autosaboteo. Porque a veces nuestros peores enemigos somos nosotros mismos.

Estamos ante la pluma de un librepensador. Critica sin piedad la lógica del capitalismo, que nos lleva a consumir sin necesidad, creyendo en la posibilidad de un crecimiento perpetuo. Critica así mismo a las clases altas, que necesitan para sobrevivir a las clases menos favorecidas, pero sin embargo las desprecian. También critica las deficiencias de un estado lento, burocrático, que lejos de solucionar la vida de la gente, se la complica. Un estado lleno de nepotismo y enchufismo que solo se preocupa por salvarse a sí mismo. La crítica ácida de Monterroso no tiene límites y se concentra también en los intelectuales, los artistas, los escritores. Por supuesto, también se crítica a sí mismo.

Un librepensador que conoce lo difícil que resulta en este mundo decir la verdad y de ello habla constantemente en sus cuentos. No nos extraña esta obsesión. No en vano vivió en sus propias carnes lo que significa un estado dictatorial. Pasó por la cárcel y por el exilio. Para alguien con una biografía como la suya, decir la verdad, diseccionar la realidad con clarividencia es una necesidad y un acto de libertad.

No sabemos si la escritura para Monterroso tenía un valor terapéutico, pero todos envidiamos en cierta medida su capacidad de ver la realidad con semejante claridad y su valentía de ponerlo negro sobre blanco. Nosotros no somos capaces de escribir así pero afortunadamente tenemos la posibilidad de leerlo y recrearlo. Sin duda, es un texto para releer y asimilar poquito a poco.