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El imperio de Trigan (Mike Butterworth & Don Lawrence)

Los cómics siempre han sido parte importante de mi vida. Desde que empecé a leer, lo hice de la mano de ellos. Los veranos de mi adolescencia están llenos de tardes en bibliotecas acompañado de Tintín, o Astérix, o… los protagonistas de hoy. Eran unos álbumes que pasaban desapercibidos para un público infantil, pues su estilo clásico no encajaba con el gusto de la infancia. Tampoco los adultos querían acercarse a un estilo que aunaba la ciencia ficción con el Imperio Romano. Quizá por ello, su alcance al público ha sido menor al que por méritos propios le deberia haber correspondido.
El Imperio de Trigan nos narra la historia de una tribu, en un planeta ficticio, que pasa de pueblo nómada a imperio predominante. A lo largo de sus más de 25 años de historia editorial, somos espectadores de unas historias que jugaban con las tendencias marcadas por los grandes escritores de la época de ciencia ficción, al tiempo que extraía de la historia las intrigas palaciegas y luchas dinasticas de los grandes imperios. Una combinación magníficamente resuelta en unos guiones adultos y sin fisuras.
Todo el conjunto hubiera sido ya fantástico, pero el dibujo, su realismo y detallismo, hace que alcance la categoría de clásico imprescindible en cualquier biblioteca que se precie.
Como señalaba al principio, no fue una explosión de popularidad hacia el gran público, pero las recientes reediciones que se están haciendo, van consiguiendo que las aventuras de sus protagonistas vayan teniendo un nuevo público. Y siempre es de agradecer para sus antiguos lectores poder encontrar viejos números perdidos.
Sin duda, una obra para disfrutar de una lectura sosegada, disfrutando de historias muy bien elaboradas y con un gusto visual exquisito. Para quién no se haya acercado nunca al Imperio de Trigan, puede ser una oportunidad de descubrir una obra maestra del género.

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La venganza del guerrero repudiado (Hiroshi Hirata)


Aproveché el mes de agosto para darme caprichos con lecturas de novelas gráficas y comics. Es mi forma de desconectar del ritmo vertiginoso que nos suele absorber sin darnos cuenta.
Aunque no he sido muy afortunado con mis elecciones de este año, siempre hay alguno para destacar y salir en el blog.
El de hoy es mi primer manga. Nunca me había acercado al universo del cómic oriental, aunque no sabría decir una sola razón objetiva que me alejara de ellos.
Me costó mucho leerlo, puesto que olvidaba continuamente que se leen de derecha a izquierda y en repetidas ocasiones perdía el hilo del argumento, quedándome con la sensación de no entender los diálogos. Nada que no se solucionase con una segunda lectura, que hizo que pudiera apreciar ciertas características que ensalzan las dos historias incluidas en el volumen.
Una elección que vino de la mano de un fenómeno que siempre me interesa: su prohibición. Durante muchos años estuvo vetada al público, puesto que su argumento versa sobre la casta más baja en la que se dividía la sociedad nipona feudal. Una casta a la que se les denominaba los no hombres, pues no tenian derechos y sus vidas no valían nada. Durante los años 60, hubo un movimiento que defendía los derechos de esa casta (aunque me imagino que en el Japón actual no tendrá cabida esa división). Esta organización denunció a la editorial que publicaba la historia, llegándose a quemar públicamente ejemplares de la misma. Ante la violencia de los hechos, la historia de este guerrero samurai pasó a las sombras y no fue hasta hace pocos años, que se ha podido recuperar.
Debo decir que su historia ultra violenta no terminó de gustarme, como tampoco el estilo gráfico del autor. Pero al ser mi primer acercamiento al manga, posiblemente me falten elementos más objetivos para juzgarlo, más allá de mis sensaciones.
Buscando información sobre su autor, está considerado uno de los maestros de ese estilo de manga, así que tomad mi opinión anterior como lo que es, una simple sensación de lector.
Siempre es bueno conocer otras expresiones artísticas, aunque estas se salgan de lo usual. Pero merece la pena, siempre merece la pena.

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Roberto Alcazar y Pedrín (Eduardo Vaño y Juan Bautista Puerto)

Llegando ya al final de unas fantásticas vacaciones, la melancolía del día invita a pensar en tiempos pasados. En la infancia y los recuerdos alrededor de esos cuadernillos apaisados, en blanco y negro en su mayoría, y con los que permanecíamos ocupados gran parte de las tardes estivales. Formaba parte del ritual veraniego los intercambios de números nuevos y atrasados, sin importarnos la continuidad de las aventuras leídas el día anterior. Lo único que queríamos es ser testigos de la magnífica vida de dos protagonistas que, junto al Guerrero del Antifaz, supusieron los dos grandes éxitos de la posguerra.
Roberto Alcazar y Pedrín nacieron en 1.940 (aunque no se llegó a publicar el primer número hasta el año siguiente, durante el periodo más duro que vivió nuestra sociedad, al margen de los tres años de guerra civil. Europa estaba inmersa en otro conflicto y las posibilidades de recuperación economica y social eran nulas. Por tanto, es normal que el nacimiento de estos héroes supusiera un dia despejado después de mucho tiempo de tormenta. Tanto Roberto Alcazar como Pedrín eran el reflejo de los sueños y esperanzas de una sociedad castigada y, sobre todo, resignada a una mísera existencia.

Visto con la mirada del siglo XXI, en sus aventuras podemos encontrar defectos en cualquiera de sus viñetas. Han sido atacados por machistas, racistas, afectos a la dictadura y un largo etcétera. Incluso sus nombres han sido objetos de las más acaloradas disputas por aquellos que pretenden saber más que sus creadores , que siempre defendieron que sus historias eran hijas de la época y, que además, debian salvar una censura estúpida pero implacable.
Seguramente hoy las aventuras de este dúo nos parezcan trasnochadas e ingenuas , pues sus argumentos se resolvían con golpes y amenazas, pero debemos quedarnos con las horas y horas de entretenimiento y diversión que proporcionaron a varias generaciones de nuestro país. Su influencia fue tan grande que consiguió que muchas de las expresiones utilizadas por los dos héroes hayan llegado hasta nuestros días.¿Quién no ha utilizado alguna vez, Toma del frasco Carrasco, u Ostras Pedrín?
Desde luego nos hacía falta un lugar donde evadirnos, donde nuestros sueños más absurdos pudieran tener su encaje. Y Roberto Alcazar y Pedrín nos dejaron un hueco para participar con ellos de su vida y aventuras.

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La muerte de Superman ( Dan Jurgens, Louise Simonson y otros)

La verdad es que la de hoy no se si es una reseña de un comic o de un fenómeno mediático y social.
La muerte de Superman surge como intento de reactivar las ventas del primer superheroe de la historia.
Hacia los años 90, el público buscaba historias más maduras, que implicaran personajes con debilidades y errores. Eso dejaba poco espacio para Superman, que siempre se caracterizó por su moral intachable, sus poderes infinitos o sus historias llenas de buenas intenciones.
Como decía, la bajada en las ventas de sus aventuras reunió a una serie de guionistas y editores, los cuales aportaron ideas para relanzar la serie. Y fue la idea más alocada la que ganó. Ya se había visto muertes de súperheroes, y nunca habían supuesto un relanzamiento de sus protagonistas. Con estos antecedentes, la apuesta era muy arriesgada.
Debían crear un enemigo nuevo, sin debilidades, capaz de enfrentarse de poder a poder con Superman, y ser inmune a cualquier debilidad que hubiera derrotado a sus antecesores. El resultado fue un monstruo sin conciencia, que se pasea por toda la historia sin más propósito que destruir todo a su paso.
También debian dejar claro que el resto de los héroes enmascarados no eran rivales para ese nuevo enemigo. Así que la sensación que se creaba era la de total dependencia de Superman.
Con estos ingredientes, se conformaba una historia muy lineal, sin giros ni sorpresas. El final se anticipaba en el título, así que poca emoción dejaba libre.
Como podéis empezar a suponer no nos encontramos ante una gran historia. Lo que ofreció fue una idea que, hasta entonces, el gran público consideraba descabellada: ¿un mundo sin Superman sería posible?

El impacto que causó la obra llegó a los principales noticiarios televisivos mundiales, los periódicos se hicieron eco de su portada, y las muestras de dolor (recordemos que hablamos de un personaje ficticio) se extendieron por todo el mundo.
Esta historia sirvió para escribir su regreso, que se demoró bástante tiempo. El interés creado se aprovechó para intentar que personajes secundarios tuvieran más protagonismo, y así, forzar sus propias aventuras independientes.
Volviendo a la historia original, me quedo con el impacto de su portada y título. Por desgracia, nada de lo que se encuentra dentro de sus páginas me interesa lo más mínimo. Ni su guión, repleto de tópicos, ni sus dibujos, que parecen un desfile de gimnasio, consiguen crear una historia apetecible. Mención aparte merece el climax de la historia, donde el supuesto dramatismo queda desdibujado por lo ridículo de la acción y diálogos.
Solo puedo recomendar este comic por el alcance mediático que tuvo. Quién quiera conocer cuál fue la historia que paró el mundo debe acercarse a sus viñetas. Pero que nadie espere un comic a la altura de Superman.

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El guerrero del antifaz (Manuel Gago)

¡Qué importante fue para los jóvenes de la posguerra tener al alcance de sus paupérrimos bolsillos los cuadernillos de nuestro protagonista de hoy!
Al margen de críticas por servilismo a la dictadura, como por la calidad de sus dibujos, la verdadera importancia de la serie creada por Manuel Gago subyace en el acercamiento de los niños y jóvenes a sus primeras lecturas y horas de entretenimiento.
El guerrero del antifaz comenzó su andadura en 1944 y se prolongó por mas de 670 números y varios especiales, o almanaques. Hoy en día son objeto perseguido de coleccionistas y su valor crece a la par del reconocimiento a la obra.
Como decíamos antes, muchos críticos alegan que sus trazos y esbozos no superarían hoy los estandar de cálidad exigibles, pero no hay que olvidar el ritmo de trabajo impuesto a Gago. Se estima en más de 27.000 las páginas que salieron de sus lápices, una cifra que hoy sería imposible conseguir. Y lo que no se puede negar es el uso de técnicas cinematográficas para dotar de acción y continuidad esas viñetas que se tenían que producir de manera tan acelerada. Unos trazos que fueron evolucionando para transmitir un movimiento continuo y natural. Aunque sus fondos eran inexistentes, su lectura siempre fue amena, muy rapida y adictiva.

La historia de El guerrero del antifaz era triste, como los tiempos, y llena de aventuras; ambientada a finales de la reconquista, un joven del bando musulman descubre que es cristiano. Decide cambiarse a sus antiguos enemigos y adopta el antifaz para no ser reconocido como antiguo hereje.
Un argumento que, es cierto, venia como un guante a la dictadura. Pero en todos los cómics de la época, sean españoles o americanos, por ejemplo, siempre se han caracterizado por tener un enemigo claro y universal. Comunistas, musulmanes, extraterrestres,… todos han sido objetivo común para los creadores de entretenimiento.
Al margen de polémicas que no deberían restar cariño a un trabajo excelso, el personaje de Gago ha sido uno de los mas exitosos de la historia del cómic de nuestro país, consiguiendo que por sus páginas pasarán niños y jóvenes de todas las condiciones.
Sus personajes, con más matices de los que cabria esperar, han ido evolucionando con los tiempos, convirtiendo la figura femenina en protagonista por su valor e independencia, o volviendo mas tibia la linea entre lo correcto o no.
Cuando Gago falleció prematuramente, fueron muchos los intentos de relanzar al personaje, pero ante la falta de quién mejor lo comprendía, El guerrero del antifaz ha pasado a ser mas objeto de recuerdo que de realidad creativa.
Pero sigue vivo, buscando esa redención, ese amor imposible y esas aventuras que tantas y tantas horas de diversión nos dieron a varias generaciones.

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Mortadelo y Filemón (Francisco Ibañez)

Son sexagenarios y siguen tan divertidos como siempre. Y es complicado hacer reír a milones de lectores que pertenecen a generaciones diferentes. Pero es que nuestros protagonistas de hoy son muy especiales. Creados de la mano de Francisco ibañez, autor de otros clásicos del cómic como Rompetechos, El botones Sacarino o esa alocada comunidad llamada 13, Rue del Percebe, su trascendencia en la cultura popular ha traspasado cualquier límite imaginable para creaciones similares.
Nacieron como una parodia de Sherlock Holmes y el Dr. Watson e incluso el vestuario copiaba fielmente el que aparecía en las novelas de Conan Doyle. Pero estaba claro que ellos dos eran únicos y debían asentar un estilo propio en el cómic de los años 60 y 70. Costó un tiempo que fueran evolucionando hasta llegar a los albumenes actuales, sin embargo, era imparable el ascenso a la fama de los agentes de la TIA.

Hoy encontramos a Mortadelo y Filemón envueltos en tramas que tocan la realidad social. Son míticos los números que se dedican a los mundiales de fútbol, pero también a las Olimpiadas, a conflictos, a cualquier gran evento que podamos recordar. Nada queda fuera de la mirada humorística de Ibañez, y creo que los dedicados a la política merecerían ser objeto de estudio. Sin perder el humor, son capaces de realizar una radiografía precisa sobre la corrupción, el ansia de poder, etc…
Como toda trayectoria que se alarga en el tiempo, también ellos han sufrido sus altibajos. El más importante ocurrió a mediados de los ochenta, cuando su creador perdió los derechos sobre sus criaturas y vieron la luz historias realizadas por encargo a otros dibujantes y que bajaron mucho el nivel que sus fans demandaban. Pero todo pasa e Ibañez recuperó el control y siguió regalando momentos de evidente genialidad humorística.
Quiénes crecimos arropados en sus aventuras vemos la vida de una forma distinta. Los golpes duelen, pero dos viñetas más adelante la vida sigue y hay que poner tu mejor cara. No está mal para ser solo un cómic, ¿no creen?

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The Phantom (Lee Falk)

En un miércoles no se me ocurre mejor  cosa que rescatar uno de los cómics de mi infancia. Hoy hablaremos del primer superheroe «disfrazado» de la historia. Nació dos años antes que Superman, por ejemplo.
Fue la década de los años 30 muy prolifica en el nacimiento de personajes míticos que siguen perdurando y editandose hoy día. Me imagino, y esto son suposiciones mías, que la dureza de la década, con una crisis económica que daba la puntilla a una población hastiada por la posguerra, fue un aliciente para crear historias de superación, de lucha entre el bien y el mal y la consagración de unos formatos editoriales de escasa cálidad artística, pero gran voluntad.
Nuestro héroe de hoy nació de la pluma de Lee Falk, aunque a partir del tercer número contó con el dibujo de Ray Moore. Este dibujante exploró el lado más sensual y exótico que la historia podía ofrecer. Recordemos que estamos en los años 30 y tampoco los lectores estaban acostumbrados a unos dibujos demasiado atrevidos, así que a la vista del siglo XXI, tanto sus dibujos como sus historias han quedado bastante desfasados.
A nuestro país llegó en plena Guerra Civil y lo hizo como Fantomas. El éxito que tuvo fue aprovechado posteriormente por el Régimen (al igual que con otros héroes) para crear una ediciones con contraportadas repletas de un tono moralizante.


La trama contaba con los más clásicos ingredientes para crear ávidos lectores: un héroe enmascarado, con un altísimo sentido del deber, una mujer de fuerte carácter para dar respuesta al protagonismo, cada vez mayor, que la mujer tenía en la sociedad, unos malvados que no dudaban en mentir, traicionar y asesinar por un puñado de oro y una pleyade de secundarios que arropaban discretamente las aventuras del protagonista.
Todo esto ha consolidado una historia que desde 1936 lleva editándose en muchos países aunque su fama nunca ha sido tan grande como la conseguida por otros.
La falta de crítica al colonialismo blanco en el Sudeste asiático, asi como su tendencia a rebajar a meros comparsas a los nativos de sus páginas han hecho que el gran público renegara del hombre que nunca muere.
Pero siempre merece una visita por sus paginas, no lo duden.

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In Memoriam Neil Adams

El pasado 28 de abril nos dejó uno de los dibujantes más importantes de la historia del cómic. Neil Adams revitalizó el género y, sobre todo, a un personaje que estaba viviendo sus horas más bajas: Batman.
Estaba el Caballero Oscuro palideciendo bajo una imagen llena de parodia y estética sesentera trasnochada. Hoy en día vemos la serie de televisión sobre el personaje y nos reímos, incluso tiene su público que defiende su tono desenfadado. Sin embargo, este enfoque estaba destruyendo a uno de los héroes más oscuros del universo DC. Quién se disfrazaba de murciélago para asustar a los criminales no resistía muy bien el humor blanco de los guiones televisivos.
Y llegó Adams, con su trazo limpio, perfecto anatómicamente hablando, y lo dotó de una personalidad oscura, atormentada por el asesinato de sus padres y su imposibilidad de conseguir la erradicación del crimen en las calles de Gotham.


Su interpretación del personaje rescató la franquicia y asentó las bases psicológicas que, años después, muchos otros dibujantes y guionistas de Batman imitaron. El gran Frank Miller siempre se ha considerado deudor del arte de Adams.
Yo descubrí a mi héroe favorito con un cómic que leí y releí infinidad de veces. Aún lo conservo, totalmente desencuadernado. Por aquel entonces no podía saber que estaba ante uno de los grandes, de los más grandes. Pero sí recuerdo perfectamente el impacto que me causó y de todo lo que vino después. Parte de esa historia os la traigo muchas veces a modo de reseñas sobre el personaje.
El arte de nuestro protagonista de hoy también alcanzó a otros superheroes, como Superman y destacó su implicación en asuntos como el racismo y las drogas.
A quien quiera conocer más sobre Neil Adams le recomiendo la historia de Superman VS Mohamad Alí. No lo juzguéis con ojos del siglo XXI, sino con la visión de un hombre que utilizó su dibujo para derrotar a los grandes enemigos reales de la sociedad.
Disfruten de él, de sus trazos y de un trocito importante de la historia del cómic. Descanse en paz.

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El mercenario (Vicente Segrelles)

Corrían los años de la transición y era el momento de buscar nuevos caminos, romper con las tradiciones. Vicente Segrelles, con una dilatada experiencia en el mundo de la ilustración, dió un paso más y se propuso crear un cómic rompedor. Con los trece volúmenes de El mercenario dejó sin palabras a todos aquellos críticos que dudaban de su capacidad para conseguir guiones a la altura de sus ilustraciones.
Lo que llamaba la atención de todos los que se acercaban a esos cómics era el dibujo tan realista que tenían. Hechos al óleo, técnica que prácticamente no se había usado en el género, el nivel de detalle y realismo consiguieron que se pueda hablar de un autor de vanguardia, rompedor y genial. Cada viñeta es un pequeño cuadro digno de estar en una sala de exposiciones.
Es cierto que la técnica al óleo nunca le permitió publicar mas que unos pocos números y siempre público y crítica le demandaron más y más. Tan sólo los tres últimos números de la serie están realizados con ordenador. Pero por termino medio, cada entrega rondaba el año y medio de trabajo y paciencia.
En sus números encontramos al mercenario, único nombre por el que se le conocerá. Una especie de caballero andante, en lucha constante contra un malvado hechicero, llamado Claust. Durante las trece entregas uno y otro bando disputan una feroz lucha, con dragones como monturas y ciudades de estética árabe.


Es curioso que para aligerar los tiempos de creación, Segrelles no se inspiró en nada conocido para recrear ciudades, armaduras y ropas. Buscó en los detalles más conocidos de la edad media, y recordó su experiencia como ilustrador de armas para diseñar aquellas que pudieran encajar con cada personaje. Puede parecer un proceder un tanto chapucero, pero el conjunto de esas ilustraciones hiperrealistas y una historia que iba aumentando la tensión a medida que se sucedían las aventuras, consiguió que más de cuarenta años después aún sea fácil encontrar publicaciones en las estantería de las librerias.

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Revista TBO

No quería dejar acabar marzo, sin hablar un poquito de TBO, esa revista infantil y semanal de nuestro país y con la que nuestros padres se acercaron a los cómics. Una publicación ya desaparecida pero con una trayectoria extensa y apasionante. Es cierto que su humor sería catalogado hoy en día como burdo y, en ocasiones, políticamente incorrecto. Pero nunca hay que olvidar que gracias a sus páginas varias generaciones amaron la lectura.
De la importancia de esta revista queda la asociación de esas tres letras, TBO, y el término tebeo por el que todo el mundo conocía a los cómics en nuestro país. Un título que sigue generando teorías sobre su origen. La última de ellas es que su nombre salió de una zarzuela estrenada en 1909, donde se fundaba un periódico con el mismo nombre.
En sus más de ochenta años de historia tuvo tiempo de ser el medio de publicidad del anarquismo, capear una guerra civil y superar una censura a través de un humor muy básico. Aunque hay estudiosos de la publicación que han demostrado que sus páginas estaban llenas de chistes políticos, económicos y sociales. Será cuestión de repasarlos.
Al margen de sus intenciones lo que sí consiguió fue llegar masivamente a todos los hogares y legarnos personajes que permanecen en la memoria viva de nuestro país, como el profesor Franz de Copenhague, la familia Ulises o Melitón Pérez.
Tal fue el éxito de sus números semanales que llegaron a tener tiradas de 150.000 ejemplares, unas cifras totalmente impensables en la actualidad.


La entrada del cómic procedente de EEUU y Europa, así como su imposibilidad de evolucionar sus contenidos a los nuevos tiempos aceleraron una desaparición definitiva en 1988, aunque ya llevaban muchos años dando síntomas de fatiga.
Siempre quedaran las innumerables reediciones para coleccionistas y muchos libros que se siguen editando repasando su historia e importancia.
Un legado de unos tiempos duros y difíciles pero que siempre tuvieron su espacio para la sonrisa.