Publicado en Ensayo, Libros

El mono que llevamos dentro (Frans de Waal)

Este pequeño ensayo que no llega a 300 páginas fue el primer libro que me leí en 2021 y os aseguro que fue una forma magnífica de comenzar el año. Llevaba yo bastante tiempo dándole vueltas a la naturaleza de las decisiones éticas que tomamos los humanos. ¿En qué se basa la decisión de si algo es ético o no? ¿Somos realmente los únicos seres éticos de la naturaleza? ¿Hay alguna base objetiva en la ética o deberíamos aceptar el relativismo cultural que aceptan no pocos de nuestros coetáneos?

De todo esto y de mucho más habla De Waal en sus obras. Lo bueno de este libro en concreto es que lo hace de un modo divulgativo, accesible para el gran público.

Gran parte de las dudas que yo tenía partían de la falacia de que los grandes primates carecían de espíritu cooperativo. Una piensa en los fieros chimpancés y llega a la conclusión de que nuestros instintos más violentos y egoístas nos relacionan con nuestros ancestros. Desde esa perspectiva, la decisión de cuidar a los otros y poner su bienestar por encima del propio podría parecer una característica específica de los humanos, relacionada por lo tanto con el neocortex, la parte más moderna de nuestro cerebro. El instinto animal frente a la empatía humana. Muchos son los clichés relacionados con esto (llamar animal a los humanos más violentos o decir que alguien es muy humano cuando es especialmente sensible al sufrimiento de los demás). No obstante, algo no me acababa de cuadrar…

Y tenía razón en no aceptar esta visión antropocéntrica. Por un lado, porque un vistazo a otros primates (los bonobos) nos muestra un modelo de empatía animal; por otro, porque las técnicas de neuroimagen muestran que nuestras decisiones morales activan núcleos antiguos de nuestro cerebro (y no el neocortex).

Un ensayo maravilloso, lleno de anécdotas, bien escrito y bien traducido y que nos descubre no solo cómo son los primates no humanos con los que estamos emparentados sino, en el fondo, cómo somos nosotros mismos. Para todos aquellos que enarbolan la bandera del <<sálvese quien pueda>> y defienden la imagen de una naturaleza cruel y egoísta, este libro proporciona pruebas de que las decisiones éticas son naturales, instintivas y básicas para la supervivencia de la especie.

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El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Oliver Sacks)

Imaginaos que podéis invitar a vuestra casa a un afamado neurólogo, con una dilatada carrera. Décadas viendo toda clase de pacientes con esa mirada suya tan perspicaz, con su excelente formación y su innegable ojo clínico. Imaginad, además, que no se trata de un científico al uso, sino de uno que se aloja en un alma sensible. Un hombre capaz de ir más allá de los síntomas y los déficits y que ve en sus pacientes a las personas que son, con sus necesidades, sus miedos, pero también sus fortalezas. Imaginad, por último, que este neurólogo sensible y humanista es un maravilloso contador de historias, capaz de mantenerte atrapado en sus relatos el tiempo que haga falta.

Leer el libro que os traigo hoy consiste precisamente en eso, en invitar a un brillante neurólogo a que nos cuente su experiencia clínica como solo un escritor de ficción sabría hacerlo. Las historias que nos cuenta nos atrapan como si fueran literatura, pero con el valor añadido de que sabemos que son verdad, que existieron esas personas a las que Sacks describe, por muy insólitos o inauditos que nos parezcan sus casos.

Porque en este pequeño ensayo, Sacks nos habla de veinte personas que presentaron extrañas patologías neurológicas: desde el pobre doctor P, cuyo déficit da nombre al libro, hasta el autista artista que lo cierra. Y cada uno de los pacientes que se presentan son algo más que un curioso fenómeno de la naturaleza. Son personas que sufren o ignoran su dolencia, que buscan respuestas o ni siquiera tienen preguntas, pero en todos los casos personas presentadas como tales, con un respetuoso y detallado análisis psicológico de su personalidad.

Este maravilloso libro consigue así dos objetivos que difícilmente se encuentran juntos: en primer lugar, a través de los distintos casos patológicos que describe, permite un mejor conocimiento del cerebro humano. Bien sabido es que el estudio del déficit es el camino más recto para entender el funcionamiento de los órganos sanos. Pero, además, este libro, gracias al modo en el que nos presenta a sus protagonistas, permite que entendamos lo que están viviendo; que, de algún modo empaticemos con ellos y vivamos unos minutos con sus puntos cardinales, abandonando temporalmente los nuestros.

Es, en definitiva, un ensayo de divulgación científica que nos hará más cultos; una obra maravillosamente escrita, que nos proporcionará placer y un libro creado desde el respeto al diferente que probablemente ayude a que seamos un poco mejores después de leerlo. No se puede pedir más.

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El mono que llevamos dentro (Frans de Waal)

Desde que Darwin sugirió que el ser humano podría ser fruto de la evolución, como el resto de animales, nuestro orgullo de <<especie elegida>> se tambaleó. Era mucho más agradable, por lo que se ve, pensar en una intervención divina, aunque esto supusiera para la mitad (larga) de la población ser un complemento proveniente de una costilla.

Una vez asumido que no nos relacionamos con la naturaleza, sino que somos naturaleza, aceptamos que, en nuestro interior, se albergan instintos, comportamientos, filias y fobias que proceden del inicio de los tiempos, de nuestro pasado menos racional.

Pero el espíritu creacionista, ese que nos hace sentir mejores que el resto, volvió a hacer de las suyas. La mayor parte de la gente interpreta que nuestros más bajos instintos (la lujuria, la violencia, el egoísmo) provienen de ese pasado animal, mientras que la bondad, la solidaridad o el amor desinteresado serían rasgos propios de humanidad o, en términos modernos, del neocortex.

Cuánta falta hacía (¡hace!) el libro que os traigo hoy. En él, De Waal nos habla de un pasado evolutivo mucho más amable, de tal modo que de él no solo hemos heredado los instintos más violentos, sino también los más simpáticos. Odiamos o cuidamos a los desconocidos de un modo similar a como lo hacían nuestros ancestros.

¿Una prueba de esa visión más dulce de nuestros orígenes? De Waal nos sugiere que echemos un ojo al comportamiento de unos parientes muy simpáticos: los bonobos. En ellos encontraremos gran parte de las virtudes de las que nos gusta alardear. Son generosos, altruistas, cariñosos, solidarios, amables…

Y para los más escépticos, aún tenemos una prueba más. Y es que las zonas cerebrales que se activan cuando tomamos decisiones morales no se localizan en el neocortex precisamente. Por el contrario, nuestras más nobles inclinaciones activan zonas muy profundas (y antiguas) de nuestro cerebro.

Leed, si podéis, este pequeño libro divulgativo. El siglo XXI es un buen momento de comenzar a entender que todo lo que somos, lo bueno y lo malo, proviene de algún modo de dónde venimos.

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El género y nuestros cerebros (Gina Rippon)

Este libro, científicamente riguroso y muy bien escrito, viene a contestar una de las dudas más habituales en nuestro entorno cuando se habla de género o sexo: ¿tienen sexo los cerebros? ¿Es cierto que los seres humanos estamos predeterminados biológicamente en función de nuestro género y que dicha predeterminación parte de cómo es o cómo funciona nuestra mente?

Gima Rincón pone la moderna neurociencia al servicio de este tema tan controvertido para acabar diciendo lo que ya advirtió Poullain de la Barre en el siglo XVII: <<la mente no tiene sexo>>. Pero, a pesar de ello, este libro es muy necesario, pues es bien conocido el escaso éxito que tuvo el filósofo francés y la cantidad de libros que la pseudociencia nos vende a diario diciendo lo contrario.

En sus casi 500 páginas esta catedrática de neuroimagen cognitiva nos habla de la permeabilidad del cerebro, de la necesidad de los bebés de adaptarse al medio (lo que incluye, claro está, las expectativas que los demás tienen de elles) y de cómo, al final, las diferencias de comportamiento no dejan de ser profecías autocumplidas.

La moraleja del libro es un canto al feminismo bien entendido: cambiemos la forma en que tratamos a nuestros bebés, olvidemos los estereotipos de género en la crianza y dejémosles ser libres. Qué necesario y qué complicado para los que tenemos ya una cierta edad. Lo único que me consuela es que las generaciones más jóvenes tienen, por lo general, esto mucho más claro y son mucho más libres que nosotros. Algo habremos hecho bien 😉