Publicado en Ensayo, Libros

La vida contada por un sapiens a un neardental (J.J.Millás y J.L Arsuaga)

Acabo de terminar este ensayo fruto de la amistad entre un paleontólogo y un escritor. La tesis fundamental del libro nos la dan al principio y es el armazón de toda la historia: la prehistoria no está (solo) en cuevas como la de Altamira. Está en todas partes.

Para desarrollar esta tesis, el libro se compone de distintos encuentros entre los dos autores. Cada encuentro, un capítulo y cada capítulo un escenario, una excursión, una enseñanza.

De algún modo, el libro que hoy os traigo recupera el modo de aprender de los peripatéticos, paseando mientras aprenden. Y, por supuesto, se nutre del diálogo socrático, en el que el maestro no deja de hacer preguntas al discípulo a través de las cuales le va enseñando no solo contenidos, sino incluso a reflexionar de un modo determinado (como un paleontólogo).

El hecho de que los protagonistas sean dos personas conocidas imagino que da interés adicional al relato. Hay algo de insana curiosidad por saber cómo son en la intimidad de la amistad dos hombres tan conocidos. No obstante, como no podía ser de otra manera, me temo que los protagonistas de este ensayo tienen más de personajes que de personas.

Millás se presenta como un hombre excesivamente mundano. Siempre pendiente de lo que pensará de él su interlocutor, de lo que pensarán de ambos los que los ven hablando de ciencia en sitios cotidianos. Nos confiesa todos y cada uno de los pecados de un hombre común: la envidia, los celos, la pereza, la gula.. un Sancho Panza que admira, envidia y compadece a su compañero a partes iguales.

Y, como ya os estaréis imaginando, el personaje de Arsuaga hace de contrapunto. No es un científico contemporáneo al uso, en el sentido de que no es hiperespecializado ni duda constantemente de todo. Por el contrario, se presenta como un sabio renacentista, que sabe tanto de biología como de botánica, de historia o de filosofía. Sus intervenciones son prácticamente aforismos, donde hay poco espacio para la duda o la verdad probabilística de la ciencia. El personaje del paleontólogo no duda, no aprende de su interlocutor, no se contradice. Vive en su mundo, como solo un sabio de novela puede vivir.

El libro que hoy os traigo tiene, por tanto, un deje cervantino. Aprendemos ciencia, sí, pero no es un libro de divulgación científica al uso. Es un diálogo socrático entre dos personajes que se encuentran en distintos lugares. Algunos de ellos, por cierto, de la Mancha.

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Un hombre sin palabras (Susan Schaller)

Para muchos pensadores, la característica más importante de los seres humanos (aquello que nos separa del resto de primates y nos hace ser como somos) es el lenguaje. No son pocos los filósofos y antropólogos, de hecho, que han puesto en duda que pudiera existir el pensamiento racional, tal y como nosotros lo concebimos, sin una lengua en la que apoyarse. Como Wittgenstein, son muchos los que consideran que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo.

Desde esta perspectiva, la historia que narra Schaller en este pequeño libro es una ventana al borde mismo del abismo. En ella, la autora cuenta su experiencia con un joven veinteañero (al que llamaremos Ildefonso), sordo y sin lengua materna. Semana a semana, la autora le enseña lengua de signos americana a un asombrado joven, que jamás había sospechado que existiera algo tan increíble como una lengua natural. Las clases con Susan constituyen un (re)descubrimiento radical del mundo en el que había vivido durante más de dos décadas. Se trata de un redescubrimiento más radical que el que siente un ciego congénito que de pronto es capaz de ver. Porque Ildefonso, hasta ese momento, ni siquiera era consciente de que le faltara algo que los demás tenían.

La historia de Susan e Ildefonso es un verdadero viaje iniciático. Desde el día en que Ildefonso intuye, de pronto, la asombrosa revelación que le está haciendo su profesora, el ansia por aprender lo arrasa todo. De pronto, misterios inexplicables hasta entonces, como las navidades o los cumpleaños cobran sentido. Un renacer que la autora del libro vivió en directo y comparte generosamente con nosotros.

El pensamiento sin lenguaje existe y es suficiente incluso para llevar una vida en relativa sociedad. El joven protagonista de este libro y otros tantos como él dan fe de ello. Pero el pensamiento con lenguaje es otra cosa. El concepto de tiempo, la conciencia del yo o la transcendencia difícilmente fluyen sin vehículo lingüístico.

Leer este pequeño libro de escasas 200 páginas implica algo más que acompañar a un joven en el viaje más fascinante que podía recorrer. Implica, de algún modo, replantearnos nuestro propio pensamiento de seres lingüísticos.

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El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Oliver Sacks)

Imaginaos que podéis invitar a vuestra casa a un afamado neurólogo, con una dilatada carrera. Décadas viendo toda clase de pacientes con esa mirada suya tan perspicaz, con su excelente formación y su innegable ojo clínico. Imaginad, además, que no se trata de un científico al uso, sino de uno que se aloja en un alma sensible. Un hombre capaz de ir más allá de los síntomas y los déficits y que ve en sus pacientes a las personas que son, con sus necesidades, sus miedos, pero también sus fortalezas. Imaginad, por último, que este neurólogo sensible y humanista es un maravilloso contador de historias, capaz de mantenerte atrapado en sus relatos el tiempo que haga falta.

Leer el libro que os traigo hoy consiste precisamente en eso, en invitar a un brillante neurólogo a que nos cuente su experiencia clínica como solo un escritor de ficción sabría hacerlo. Las historias que nos cuenta nos atrapan como si fueran literatura, pero con el valor añadido de que sabemos que son verdad, que existieron esas personas a las que Sacks describe, por muy insólitos o inauditos que nos parezcan sus casos.

Porque en este pequeño ensayo, Sacks nos habla de veinte personas que presentaron extrañas patologías neurológicas: desde el pobre doctor P, cuyo déficit da nombre al libro, hasta el autista artista que lo cierra. Y cada uno de los pacientes que se presentan son algo más que un curioso fenómeno de la naturaleza. Son personas que sufren o ignoran su dolencia, que buscan respuestas o ni siquiera tienen preguntas, pero en todos los casos personas presentadas como tales, con un respetuoso y detallado análisis psicológico de su personalidad.

Este maravilloso libro consigue así dos objetivos que difícilmente se encuentran juntos: en primer lugar, a través de los distintos casos patológicos que describe, permite un mejor conocimiento del cerebro humano. Bien sabido es que el estudio del déficit es el camino más recto para entender el funcionamiento de los órganos sanos. Pero, además, este libro, gracias al modo en el que nos presenta a sus protagonistas, permite que entendamos lo que están viviendo; que, de algún modo empaticemos con ellos y vivamos unos minutos con sus puntos cardinales, abandonando temporalmente los nuestros.

Es, en definitiva, un ensayo de divulgación científica que nos hará más cultos; una obra maravillosamente escrita, que nos proporcionará placer y un libro creado desde el respeto al diferente que probablemente ayude a que seamos un poco mejores después de leerlo. No se puede pedir más.

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El mono que llevamos dentro (Frans de Waal)

Desde que Darwin sugirió que el ser humano podría ser fruto de la evolución, como el resto de animales, nuestro orgullo de <<especie elegida>> se tambaleó. Era mucho más agradable, por lo que se ve, pensar en una intervención divina, aunque esto supusiera para la mitad (larga) de la población ser un complemento proveniente de una costilla.

Una vez asumido que no nos relacionamos con la naturaleza, sino que somos naturaleza, aceptamos que, en nuestro interior, se albergan instintos, comportamientos, filias y fobias que proceden del inicio de los tiempos, de nuestro pasado menos racional.

Pero el espíritu creacionista, ese que nos hace sentir mejores que el resto, volvió a hacer de las suyas. La mayor parte de la gente interpreta que nuestros más bajos instintos (la lujuria, la violencia, el egoísmo) provienen de ese pasado animal, mientras que la bondad, la solidaridad o el amor desinteresado serían rasgos propios de humanidad o, en términos modernos, del neocortex.

Cuánta falta hacía (¡hace!) el libro que os traigo hoy. En él, De Waal nos habla de un pasado evolutivo mucho más amable, de tal modo que de él no solo hemos heredado los instintos más violentos, sino también los más simpáticos. Odiamos o cuidamos a los desconocidos de un modo similar a como lo hacían nuestros ancestros.

¿Una prueba de esa visión más dulce de nuestros orígenes? De Waal nos sugiere que echemos un ojo al comportamiento de unos parientes muy simpáticos: los bonobos. En ellos encontraremos gran parte de las virtudes de las que nos gusta alardear. Son generosos, altruistas, cariñosos, solidarios, amables…

Y para los más escépticos, aún tenemos una prueba más. Y es que las zonas cerebrales que se activan cuando tomamos decisiones morales no se localizan en el neocortex precisamente. Por el contrario, nuestras más nobles inclinaciones activan zonas muy profundas (y antiguas) de nuestro cerebro.

Leed, si podéis, este pequeño libro divulgativo. El siglo XXI es un buen momento de comenzar a entender que todo lo que somos, lo bueno y lo malo, proviene de algún modo de dónde venimos.

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El género y nuestros cerebros (Gina Rippon)

Este libro, científicamente riguroso y muy bien escrito, viene a contestar una de las dudas más habituales en nuestro entorno cuando se habla de género o sexo: ¿tienen sexo los cerebros? ¿Es cierto que los seres humanos estamos predeterminados biológicamente en función de nuestro género y que dicha predeterminación parte de cómo es o cómo funciona nuestra mente?

Gima Rincón pone la moderna neurociencia al servicio de este tema tan controvertido para acabar diciendo lo que ya advirtió Poullain de la Barre en el siglo XVII: <<la mente no tiene sexo>>. Pero, a pesar de ello, este libro es muy necesario, pues es bien conocido el escaso éxito que tuvo el filósofo francés y la cantidad de libros que la pseudociencia nos vende a diario diciendo lo contrario.

En sus casi 500 páginas esta catedrática de neuroimagen cognitiva nos habla de la permeabilidad del cerebro, de la necesidad de los bebés de adaptarse al medio (lo que incluye, claro está, las expectativas que los demás tienen de elles) y de cómo, al final, las diferencias de comportamiento no dejan de ser profecías autocumplidas.

La moraleja del libro es un canto al feminismo bien entendido: cambiemos la forma en que tratamos a nuestros bebés, olvidemos los estereotipos de género en la crianza y dejémosles ser libres. Qué necesario y qué complicado para los que tenemos ya una cierta edad. Lo único que me consuela es que las generaciones más jóvenes tienen, por lo general, esto mucho más claro y son mucho más libres que nosotros. Algo habremos hecho bien 😉