Publicado en Libros, Novela

La joven de la perla (Tracy Chevalier)

Ayer terminé de leer esta pequeña novela ambientada en el siglo XVII sobre la vida de una joven protestante que va a trabajar de criada a la casa de un pintor en el barrio católico de su ciudad.

Hay dos factores que hacen interesante esta novela. El primero es obvio, y es que se trata de una historia creada para dar respuesta a un misterio en la historia del arte: quién es la joven a la que Johannes Vermeer pintó en su famoso cuadro. A partir de algunos datos reales (la propia existencia del cuadro, la época o algunos datos del pintor), recrea una historia creíble sobre la razón y el modo en el que se creó el cuadro.

El segundo factor que hizo que cogiera la novela con interés y la devorara en un par de días es la forma que tiene de escribir al principio de la novela. La narración está en boca de la joven retratada y te describe las escenas como si las estuviera pintando. Sus palabras son pinceladas que van creando un tapiz a base de detalles. Es una forma de escribir muy original, que transmite muy bien su obsesión por la pintura (o quizá por el pintor) y que a lo largo de la novela, desgraciadamente, se va suavizando si no perdiendo del todo.

Más allá de esos dos elementos, esta novela de Chevalier se lee bien, está bien escrita, con personajes sólidos y diálogos creíbles. La trama no da mucho de sí, pero tampoco es excesivamente larga.

Si te gusta la pintura holandesa y tienes un par de ratos tontos, esta puede ser tu novela. En edición de bolsillo, además, es increíblemente ligera, por lo que es el típico libro que cabe en un bolso o mochila por pequeño que sea y puedes, así, leer en el tranvía o en cualquier sala de espera.

Publicado en Libros, Novela

El jilguero (Donna Tartt)

La última semana he acompañado a Theo a lo largo de unos 14 años. A través de las más de mil páginas, que han pasado en un suspiro, he sufrido, me he reído, me he sorprendido y, en cualquier caso, no quería dejar de leer. He terminado queriendo al protagonista, aunque en más de una ocasión le habría matado por su mala cabeza. Es un adorable desastre.

Esta novela de Tartt habla, fundamentalmente, de supervivencia. Sobrevivir al abandono, a las bombas de unos terroristas, a la orfandad, al desarraigo, a la soledad y al desamor. Sobrevivir también a uno mismo, a las tendencias autodestructivas, al alcohol, a las drogas, a las amistades peligrosas, a la mafia. Sobrevivir a la vida cuando algo en tu interior no te permite hacer las cosas como los demás esperan que las hagas. Theo es un superviviente que te narra en primera persona cada uno de esos viajes al infierno.

¿Y cómo se consigue sobrevivir cuando todo está mal alrededor? Me gustaría decir que es gracias a la amistad, pero no se trata de eso. Es cierto que los amigos te salvan de muchas, que llenan tu vida de alegría, de momentos de felicidad y que muchas veces te permiten continuar, pero solo con eso uno no sobreviviría. Tampoco es solo gracias al amor, aunque sin él nada merecería la pena, aunque te dé momentos de intimidad y de plenitud. Ni siquiera es gracias a las buenas personas que te acogen, te protegen en un momento dado, te guían entre la bruma. Theo tiene la suerte de contar con todo ello, pero su supervivencia depende, en último término, de otra cosa.

El verdadero escudo contra la adversidad es mucho más prosaico. Es el instinto de supervivencia. Una fuerza más poderosa que la autodestructiva, que convive con ella y consigue vencer. Un instinto que, en esta novela, se nutre de la capacidad de Theo de reconocer la belleza y disfrutarla. La pasión por un pequeño cuadro, la imagen de un tierno jilguero, que representa, de algún modo, un sentido para seguir vivo.