Publicado en Cómic, Libros

El Capitán Trueno (Víctor Mora y Ambrós)

Cuando ayer Mamen colgó su reseña, con referencias a aquellos años de juventud, al instante fue haciéndose presente un recuerdo muy bonito de la mía.


Los cuadernillos apaisados, de un papel horrible y que siempre terminaban con las páginas sueltas, siempre serán parte de mí. Mi amor por la lectura, también por la historia, comenzó a fraguarse entre viñeta y viñeta de este intrépido capitán. Un personaje que visto con los ojos del siglo XX puede parecernos muy casposo, pero quienes crecimos esperando que el siguiente número llegara a los kioskos le perdonamos ser fruto de su tiempo y de las circunstancias de censura en las que se encontraba.

Me quedo con los valores positivos que rezumaban sus páginas. Había tantas cosas que me hacian feliz cuando acompañaba al Capitán Trueno en sus aventuras…

Porque no creo que haya habido un personaje con tanta capacidad para encontrarse en medio de tantos líos. No había leído el desenlace de su anterior gesta, cuando en la viñeta siguiente, su creador, el gran Víctor Mora, ya nos involucraba en otra, aún más difícil y con un final más que dudoso. Pero no había rival ni peligro que hiciera que nuestro héroe desfalleciera ni por un instante.

Y qué decir de sus amigos, Goliath y Crispín. Quién no ha imaginado sentirse parte de ese trío que, pasara lo que pasara, se procesaban una lealtad incondicional. Y para redondear al trío, ella, la princesa nórdica, Sigrid. Tan valiente como ellos y por el que nuestro protagonista cruzaba el mundo y lo desafiaba.

No quiero olvidarme de su dibujante, Ambrós. Como sucede con tantas figuras de nuestro país, su reconocimiento es más notorio fuera. Con unos comienzos duros por la posguerra, sus trazos dinámicos, su capacidad para transmitir al lector las sensaciones que expresaban nunca han serán suficientemente alabadas. Un trabajo arduo y sin el que los guiones de Mora no hubieran tenido la fuerza que tuvieron.

Ya en mi madurez conseguí hacerme con la colección entera. Un pequeño tesoro que me hace sonreír cada vez que mis ojos reparan en sus volúmenes. Un pedazo de la historia gráfica de nuestro país. Un trocito muy importante de mi cultura.