Publicado en Ensayo, Libros

¿Quién se ha llevado mi queso? (Spencer Johnson)

Hubo un tiempo, lejano, que dediqué tiempo a estudios de marketing. Una época donde devoraba periódicos salmón, revistas especializadas y, sobre todo, muchos libros sobre el tema. La mayoría de esos libros han caído en el rincón del olvido, donde mi cerebro amontona aquello que le pareció superfluo. Y es en esta categoría en la que pondría el libro de hoy, aunque como se sigue hablando de él, he decidido traerlo aquí.

¿Quién se ha llevado mi queso? habla de la adaptación al cambio y de cómo esa adaptación puede presentarse desde cuatro maneras diferentes. Para ello, el autor cuenta con cuatro protagonistas que buscan, cada cual a su manera, la solución a un mismo problema. La forma de contar la historia, sus protagonistas y el entorno irreal sobre el que se desarrollan consiguió enganchar a millones de seguidores. La fiebre por el queso se extendió a nivel mundial.

¿Y por qué no me suelen gustar este tipo de libros? Fundamentalmente por dos razones: son simplistas a la hora de representar el mundo real y tienen propensión al optimismo más exacerbado. Sus páginas están llenas de la filosofía del «si quieres puedes», o del «nada es imposible si lo intentas con todas tus fuerzas». Puede resultar muy agradable leerlo, pero es falso y profundamente injusto. Saltar un muro que mide cinco metros requiere algo más que voluntad y motivación: es necesario, además, poder contar con una pértiga. Estos libros obvian que no todo el mundo tiene acceso a los medios necesarios para poder cumplir sus objetivos. Y obviarlo es culpabilizar al que juega con las peores cartas.

Nadie se opone a que se escriban libros llenos de optimismo que te recuerden lo mucho que puedes conseguir si te lo propones, pero no es una buena idea olvidar añadir que algunos asuntos quedan fuera de tu alcance, que siempre hay cierta dosis de arbitrariedad en el resultado final (con el mismo esfuerzo, algunos tienen suerte y otros no) y, sobre todo, que la sociedad es profundamente injusta y no todos tenemos la oportunidad de demostrar lo buenos que somos. Lo que parecía un canto a la motivación personal en realidad es una herramienta de apoyo a un sistema injusto: desvía la atención sobre los problemas reales, culpabiliza a los que se quedan fuera y provoca más frustración que ayuda.