Publicado en Libros

La Ilíada (Homero)

Quienes sigan el blog conocerán mi pasión por la novela historica. Y más concretamente por las ambientadas en Roma y Grecia. Este gusto no es casual, nada suele serlo en la vida. Todo comenzó con poco más de 14 años y un trabajo que tenía que hacer en literatura. Cómo habéis podido adividar tocaba leer un libro y a mi, se me ocurrió un órdago muy grande: decidí leer La Ilíada.
Y quedé maravillado por lo que esa obra se narraba. La fuerza, la pasión, la entrega, el honor y el destino fueron arrastrándome hacia las costas de Troya. En sus murallas imaginaba un combate singular contra Paris, soñaba con la bendición de un dios que me otorgaba la fuerza para abrir esas puertas y terminar con diez años de guerra. Mi mente dibujaba esbeltas espadas de bronce, ceremonias por las victorias y, sobre todo, el favor de Aquiles.
Es una visión muy pueril de la obra, lo sé. Pero tenía catorce años. Tiempo después releí algunos capítulos y descubrí a dioses pueriles y caprichosos. Héroes coléricos que masacraban por su vanidad. Reyes a los que su pueblo les importaba poco menos que nada. Verso tras verso uno cae en la cuenta que tras la gloria de unos se halla la muerte de otros. El gran Aquiles es poco más que un asesino un tanto desequilibrado. Ulises, que posteriormente sería el protagonista de La Odisea, un ventajista cruel y despiadado. Y un largo etcétera que no voy a desvelar.
Pero el gusto por el mundo helénico y, posteriormente, el romano, ya empezaba a anidar en mi mente. Me quedé con las grandes gestas, con el deseo de quebrar el destino que los dioses nos han impuesto y dejar mi nombre en largos frisos.
Hay lecturas que marcan. Y libros que dejan una huella imborrable. No a todo el mundo le hará sentir lo mismo, pero a nadie dejará indiferente. Es tanto lo que debemos a ese poeta ciego (aunque se dude de su existencia), que es casi obligatoria la lectura para saber de donde venimos y el origen de tantos mitos que nos resultan familiares.