Publicado en Libros, Novela

La ciudad de la alegría (Dominique Lapierre)

Hoy escribo de sentimientos, de los que me golpearon en mi adolescencia ante el horror y la miseria que descubrí en las páginas de este libro. Posiblemente fuera mi primera aproximación a un mundo que desconocía y que, sin embargo, año tras año se hace más grande.
El argumento era muy sencillo: un cura, un médico y un hombre, que emigra a Calcuta en busca de un futuro, coinciden en medio de las calles plagadas de basura y enfermedades. Capítulo a capítulo los acompañaremos, sobre todo a través de sus lágrimas, en un periplo vital que nos marcará para siempre.
Conoceremos la grandeza del comportamiento humano, su capacidad para soportar las mayores cargas y la mirada limpia de aquellos que pasan por la vida al servicio de los demás. Y no me refiero a misioneros, médicos o cooperantes. Me refiero, por encima de todo, a aquellos que se dejan la vida por su familia. Lamento ponerme sentimental, pero Hasari Pal, el gran protagonista de la novela me robó el corazón. Lloré cada instante a su lado y celebré sus triunfos, por mínimos que éstos parecieran.
El grandisimo trabajo realizado durante dos años de observación de Dominique Lapierre, consigue trasmitir de una manera realista los ambientes enfermizos, llenos de desechos y excrementos, en los que nuestros protagonistas luchan por conseguir una dignidad como persona. Tuve que leer varias veces algunos pasajes para convencerme que no estaba leyendo una novela de ciencia ficción, sino que cuando el autor nos describe aceras repletas de seres humanos tirados a su suerte, peleas mortales por un trozo de cartón con el que arroparse, o la devastación de enfermedades ya erradicadas en nuestro primer mundo, lo hace para referirse a un mundo tan real como el nuestro.
Siempre he creído que esta novela debería ser obligatoria en secundaria. En un mundo donde parece que la vida es aquello que se ve a través de las pantallas del móvil, acercarse a una realidad que está a pocas horas de vuelo, podría remover muchas conciencias o, cuando menos, hacer sentir a nuestros jóvenes lo que aún queda por luchar.