Publicado en Libros, Novela

La lluvia amarilla (Julio Llamazares)

Hoy os vuelvo a traer un libro de mi juventud. Me lo regaló una amiga el día de mi cumpleaños, cuando cumplí 20. Todavía tengo el ejemplar, gastado de tanto leerlo y tanto llevarlo de aquí para allá; subrayado, lleno de anotaciones en los márgenes y, por supuesto, dedicado. Con la letra inconfundible de mi amiga, se lee: <<que con el cambio de decenio no abandones tu Ainielle>>.

La lluvia amarilla es un grito en primera persona lanzado por el último habitante de un pueblo del Pirineo. De un modo muy bello, Llamazares nos habla del abandono, de la muerte, de la soledad, de la nostalgia, del olvido… todo aquello que rodea la desaparición total e irreversible de un pueblo que unas décadas antes estaba vivo. Y lo hace de un modo muy literario, hablando al lector al oído mientras confunde el pasado con el presente y el futuro, la realidad con los recuerdos y lo imaginado y las calles y piedras del pueblo con sus emociones y sus sentimientos.

Volviendo a la dedicatoria, la verdad es que siempre he tenido presente ese deseo lleno de cariño de mi amiga. Y en cada nueva etapa me preguntaba: ¿estaré abandonando Ainielle o por el contrario lo estoy haciendo más fuerte?

Porque Ainielle es algo más que un pueblo abandonado en el Pirineo. Se trata, o yo lo entendí así, de nuestros orígenes, de nuestra identidad, de lo que nos hace ser quienes somos. En ocasiones, desde fuera nos pueden convencer de que el futuro, el éxito, la felicidad pasan por renunciar a nosotros mismos y migrar a otras formas de vivir y entender la vida. Pero si les hacemos caso, si renunciamos a ser quienes somos y nos marchamos a vivir vidas que no son la nuestra, ¿el precio a pagar no será demasiado alto?

La lluvia amarilla habla de la España vaciada que tan de moda se puso después. Reivindica los pueblos pequeños, que antes estaban llenos de vida y los obligaron a morir por no darles los recursos suficientes para salir adelante. Pero a mí, que cumplía entonces 20 años, me hablaba de más cosas: de no dejar de ser yo al hacerme adulta, de no olvidar quién era, qué cosas me gustaban y cuáles no, de no emigrar para vivir una vida que no fuera la mía. He caminado mucho desde entonces, pero conservo el libro, conservo a mi amiga y todavía reconozco Ainielle. Seguimos.