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El rayo que no cesa (Miguel Hernández)

No soy de leer poesía. Quizá poemas sueltos, pero casi nunca un libro entero. Por eso, lo que me ocurre con Miguel Hernández es inexplicable.
Todo comenzó en mi niñez. Mi padre admiraba y escuchaba a Joan Manuel Serrat y al grupo Jarcha. Aunque a priori no parece que sean muy afines sus estilos musicales, tienen en común haber musicalizado poemas del gran poeta. Y recuerdo horas y horas con aquellas cintas de casette y unos auriculares del tamaño de mis puños aprendiendo de memoria estrofas de la Elegía a Ramón Sijé. Y por este poema en concreto comencé a leer al poeta.
Un autor silenciado por la represión franquista y que aún hoy se le niega el reconocimiento que merece. Su obra es fascinante y, como autor, debería estar a la altura de otros poetas que también fueron callados por la dictadura. Heredero temporal de la generación del 36, sin embargo todos los críticos coinciden en posicionarlo más próximo a la del 27. Sus poemas fueron canto de libertad, de dolor, de celebración y, por último, de rebelión.
Con El rayo que no cesa abordó el amor y su falta. Dedicado a las tres mujeres que estuvieron en su vida, sus poemas nos narran las desventuras de un amante que nunca llegó a sentirse completo. Y es en su último poema, que Miguel Hernández adjuntó a última hora, cuando llega esa elegía, un llanto por la pérdida de su amigo, que uno no puede dejar de sentir como si fuera propia. Bellísimo en su tristeza, su lectura sale de las mismas entrañas.
Para quien no lo conozca, recomiendo escucharlo en boca del grupo Jarcha.
Ya verán como después de este pequeño libro se lanzan a conocer el resto de su obra. Sería una gran decisión.